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sábado, 25 de enero de 2020

MENOS PIN Y MÁS PON (ESTE LIBRO EN TU MESILLA)

Hoy, con la moda de los "pines", es imprescindible leer este libro:



Hace años, cuando estaba en Extremadura, formaba parte del núcleo duro de resistencia de un grupo ecologista contra la implantación de una cementera en una zona protegida. Allí conocí a Alfredo, un señor mayor que había estado en un campo de concentración nazi. Nunca me atreví a preguntarle por aquellos tiempos. Después de leer el libro me arrepiento de no haberlo hecho pero, después de bucear en la vida de Levi, Paul Celan, Sara Kofman y Jorge Semprún, me alegro de no realizar aquellas miles de preguntas que me pasaron por la cabeza.

Después de leer el libro de El Aleph Ediciones, que contiene un apéndice clarificador de 1976, tengo dos sentimientos contrapuestos que trataré de justificar en esta reseña. La lectura ha sido de dos sentadas y, como por azar, creo que son dos libros diferentes. La primera parte que leí fue hasta la página 77, cuando se inicia la primavera y el invierno se ha ido. La segunda hasta el final.



En la primera parte el lenguaje tan claro, descriptivo y plagado de detalles asfixia hasta el punto que produce hastío encontrar detalles que parecen impropios de la especie humana. Esta abrumadora claridad de léxico fácilmente comprensible y exento de adornos inútiles nos va clavando imágenes imborrables de horror, asco y abominación por nosotros mismos. Un lenguaje tan directo que a veces parece que nos lo está contando en persona. Durante las primeras 77 páginas nos “maltrata” con el relato de una realidad que se compone de una serie de reglas que conforman el mundo del Lager, el Ka-Be y las relaciones de supervivencia entre los propios prisioneros.
La angustia general del ambiente del campo de concentración se une a la diversidad de lenguas que allí abundan. Debemos recordar que para el año en que Levi ingresa en el campo, muchos son los países que han sido presa de los planes imperialistas de Hitler y, muchos más son los prisioneros necesarios para sustentar una creciente industria militar que afiance el motor expansionista del Fürher. Este crisol de lenguas permite aislar a los prisioneros dentro del propio campo, hasta el punto que la no comprensión de determinadas órdenes en alemán puede ser objeto de una muerte segura. Es la soledad dentro de la soledad.
No hay persona que pueda acostumbrarse a los innumerables ejemplos, que nos brinda en estas páginas, sobre el hambre que no deja dormir, el frío que te impide moverte y la falta de dignidad personal que, envuelta en silencio, es la garantía de seguir vivo.

A partir de esa primavera, Levi y el lector parecen haberse enquistado en estos sentimientos descritos anteriormente. El hambre, la muerte y el dolor ya no hacen tanto daño como el principio. Ahora el ahogo viene por parte del cuándo. No cuándo la muerte vendrá ni si será seleccionado o no, sino cuándo entrará el frente ruso y los liberarán. Los rumores inquietan pero no albergan esperanzas porque la esperanza es propia de los hombres y, los que allí pululan ya no son ni hombres. Levi ha aprendido a comerciar con objetos, con su mente de químico y con las reglas del Lager. Ya no le sorprende a él ni a nosotros que forme parte del sistema de corrupción, que dentro de todo ese estiercol social, es menos corrupción. La vida es adaptación y sabiduría. Desde Schespchel, que condenó a un compañero para salvarse, pasando por Alfred L., que bajo su apariencia de químico limpio y educado, capaz de cambiar pan por betún para crearse una imagen positiva que le haría sobrevivir, hasta el bufón enano de Elías Lindzin, cuyas bravuconerías le permitirían estar en el grupo de los salvados, desfilan muchos más “hundidos” que no supieron leer la situación o que, como Levi y Alberto coincidieron ante el último ahorcado, fueron los verdaderos héroes que no dejaron quebrantar su dignidad.


Si esto es un hombre es un ejercicio de liberación personal que no puede vivir eternamente en la mente de nadie. Su suicidio lo atestigua. Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz en 1986, aseguró que "Primo Levi murió en Auschwitz cuarenta años después".

¿Por qué escribir si lo que reside en nuestra mente nunca se irá en la tinta que cubre las hojas? Paul Celan terminó escribiendo versos más cortos, menos explícitos y, antes de dejar la escritura, dejo que el Sena se quedara con su cuerpo. Sara Kofman, cuyo padre murió en Auschwitz también se suicidó tras dejar por escrito multitud de ensayos y libros referidos a este período de la historia reciente. “Levantar la mano sobre uno mismo” , libro premonitorio del filósofo Jean Amery que afirma que el suicidio no es una muerte anti-natural. Estos autores cercanos a la experiencia nazi demuestran que las letras como vía de escape no funcionan. No lo digo yo sino que me apoyo en el título del libro de Jorge Semprún: “La escritura o la vida” . Es necesario aprender a convivir con la memoria para que los recuerdos no te empujen hacia lo que se desea inconscientemente. Levi lo sabía, pero su deseo responsable de transmitir esta barbarie, estuvo por encima de las consecuencias que le llevarían el revolver con tanta sinceridad y clarividencia en el interior de sus vivencias.

Todos, absolutamente todos deberían leer este libro.


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